Salta y la ira del "Monarca"

noviembre 14 /2007
Lic. Marta Juarez

(Tartagal, especial para Salta Libre) Un día, hablando de sus asuntos el Monarca del reino de Salta con el Santo Patrono de su pueblo, le dijo: Santo Patrono, mi voluntad me aconseja que reúna la mayor cantidad posible de dinero, y mi razón me dice que esto me conviene más que ninguna otra cosa. Por eso os ruego que me deis vuestra opinión sobre este asunto que guía cada acto de mi vida y el gobierno de mi reino.

El Monarca, se puso rojo de ira, de inmediato le puso una denuncia en la Justicia por injurias, la Justicia falló a su favor...

Señor -dijo el Santo Patrono- aunque los grandes señores como su majestad sienten angurria de tener mucho dinero y acumularlo para varias generaciones, incumpliendo incluso sus deberes de funcionario por reunir bienes materiales abandonando todo compromiso u obligaciones con los vasallos, así como las propias de vuestro estado y dignidad, sabedlo que si actuáis de ese modo podría sucederos lo mismo que le pasó a un caballero que vivía en Aniñaco.

El monarca curioso le preguntó qué le había sucedido.

-¡Había en Aniñaco un caballero que un día extendió sus dominios desde su pequeña aldea a todo el reino, ocupando la cumbre del poder. Estando allí acumuló grandes riquezas sin mirar nunca su procedencia, o mejor dicho, sabiendo su procedencia, pero él sólo buscaba acrecentarlas día a día. Un día el caballero enfermó muy gravemente, y uno de los pocos amigos que le quedaba, cuando lo vio tan próximo a la muerte, le pidió que se confesara con el Gauchito Gil, que era a la sazón un ladrón de caminos que había adquirido status de santo. Cosas de Argentina.

El caballero accedió a confesarse, llamaron al Gauchito Gil quien vio que era voluntad del Señor que aquel mal hombre sufriese las penas que merecían sus culpas. Pero a el le correspondía darle la confesión y absolución de todos sus pecados.

Cuando los hijos del caballero supieron que había hecho llamar al Gauchito Gil para confesarlo se entristecieron, pensando que el gaucho redimido mandaría a su padre a devolver todos sus bienes a cambio de la salvación de su alma, y que ellos de esta forma se quedarían en la miseria. Así, al llegar el Gauchito, le dijeron que su padre estaba con sudores y que lo llamarían cuando estuviera un poco mejor.

Al otro día el padre perdió el habla y murió sin poder confesarse. Cuando lo llevaron a enterrar, llamaron recién de nuevo al Gauchito para que predicase en la ceremonia. Así lo hizo pero cuando el gaucho santo hubo de hablar sobre el difunto, citó estas palabras del evangelio que dicen: «Ubi est thesaurus tuus, ibi est cor tuum», que significan en romance: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón». Dicho esto, se dirigió a los presentes con estas palabras:

- ¡Hermanos, hermanas argentinas, para que veáis que el evangelio dice siempre la verdad, buscad el corazón de este hombre ya fallecido que os afanó y veréis que por más que os afame no podréis encontrarlo dentro del cuerpo sino en el arca donde guardaba su tesoro!.

Afanosa la gente empezó a buscarle el corazón en el cuerpo, pero no lo encontraron allí, sino en el arca -que para entonces estaban bastante flacas por una flaca del otro lado de la cordillera-, tal como lo había asegurado el gaucho santo. El corazón estaba lleno de gusanos y olía peor que la cosa más podrida y hedionda del mundo.

- ¡A vos, señor Monarca os digo, aunque el dinero, como antes os he dicho, es bueno, procurad siempre dos cosas: primero conseguirlo por medios lícitos y honrados, cosa que hasta ahora no podéis decir que has hecho, y segundo no desearlo tanto a punto de vender vuestro pueblo o hacer cosas que vayan en su perjuicio. Antes de reunir tan prodigioso tesoro de capitales pensad en intentar buenas obras para lograr clemencia ante Dios y buena fama ante el mundo porque como dicen estos versos:

Amarás sobre todo el tesoro verdadero,/ despreciarás, en fin, el bien perecedero...

Cuando escuchó esto el Monarca, se puso rojo de ira, de inmediato le puso una denuncia en la Justicia por injurias, la Justicia falló a su favor y así hizo desterrar de su territorio al Santo Patrono.