Soldaditos de la patria

junio 17 /2008
Andrés Gauffín

Néstor Kirchner reiteró hace unos días que se siente un soldado. Ahora de Fernández, su esposa, y hace poco de la “causa nacional”, lo que es lo mismo para el presidente del PJ. El sábado actuó así: a su irrupción triunfal luego de que sus grupos comandos lograran “recuperar” la Plaza de Mayo sólo le faltó la boina al mejor estilo Menéndez en Malvinas. Acaban también los intelectuales autoubicados en el campo “nacional y popular”, de advertir que “se considera una redención el uso del lenguaje más incivil de que se tenga memoria en las luchas sociales argentinas”.

¿No hay milenarismo ni mesianismo cuando desde un atril se repite solemnemente que “nada ni nadie detendrá este cambio”?

Es posible que estos intelectuales no vean en la verborragia militarista de Kirchner –de ningún modo inocente, a no ser que queramos vaciar de contenido a los símbolos- ningún lenguaje incivil. Lo cierto es que tal vez sea el suyo uno de los lenguajes más inciviles que haya utilizado un ex presidente democrático, y el más parecido al que utilizaron los dictadores, a quienes, ya se sabe, gustaba fantasearse como soldados de la patria.

(Ahora lo entendemos, quien se presenta públicamente como un soldado es porque antes se ha convencido en su intimidad de que es un general.)

Dando ya por sentado que a los soldados les gusta tener a los enemigos de rodillas, cabe hacerse algunas preguntas sobre tan incivil metáfora. La primera de todas, será, tal vez la más importante para la supervivencia del país. ¿Cuál es el enemigo al que tiene que aniquilar?

Porque, aunque sea cierto que a Kirchner -y a algunos de sus adeptos que gustan definirse como militantes- le fascine las órdenes de mando y las arengas, le simpatice los comandantes metidos a presidente, rinda culto al coraje como valor fundante de la patria y a la lealtad y la obediencia como únicas actitudes frente a la autoridad (la autoridad de él mismo), es también cierto que un soldado no es soldado si no tiene alguien a quien aniquilar.

Y se sabe que en la Argentina los generales nacionalistas sólo intentan atacar un “enemigo” exterior cuando, tras de tomarse algunos vasos de güisqui, se convencen de que no vendrá ningún principito.

En consecuencia, los enemigos internos, los apátridas, los enemigos de la Nación, han sido siempre los principales objetivos de los generales de la causa nacional. Moreno, el “Acero” Cali, y toda el comando patota que desembarcó en la Plaza el sábado se hayan convencido de que estaban desalojando apátridas o, tal vez, haciéndolos desaparecer del mapa.

Era de más esperable que D’ Elía –en un fucio que debería analizar algún intelectual de campo nacional y popular- llamase entonces a salir a defender un “gobierno militar”.

Dijeron también los intelectuales nacionales y populares: “Demasiado tiempo vino degradándose el lenguaje político como para que no surgieran mesianismos vicarios y vaticinios salvadores que en vez de redimir el conocimiento político son el complemento milenarista del espontaneísmo soez”.

¿Aplicarán alguna vez su juicio a uno de los más decadentes discursos políticos que se haya escuchado en la Argentina de los últimos años en el que la “institucionalidad” no significa nada sino la acumulación o el manteniendo de poder y la democracia sólo un concepto que se utiliza para declamar solidaridad con unos pobres a quienes simultáneamente se oculta debajo de estadísticas amañadas?

¿Sospecharán al menos que detrás de la liturgia de los atriles y de la denuncia del coloniaje mental –tal como lo ha hecho en Salta la jefa de nuestro soldado- se esconde un mesianismo tan antiguo como peligroso por tratarse de alguien que tiene que articular la convivencia de los argentinos? ¿O acaso están convencidos de que las arengas que escuchamos de cinco años a esta parte están “redimiendo” el conocimiento político? ¿Verán en esas arengas que no permiten mensaje alguno de respuesta similitudes con los comunicados del 70?

¿No hay milenarismo ni mesianismo cuando desde un atril se repite solemnemente que “nada ni nadie detendrá este cambio”? ¿Quién puede decirlo, sino quien se pliega servilmente a los lugares comunes, o peor, el que está convencido de que algún designio divino lo ha ungido mesías salvador de la patria?

Ya es inútil que algún medio publique que muchos de quienes votaron a Fernández tengan, a sólo seis meses de su inicio, una evaluación negativa de su gestión. Tampoco servirá recordarle a Fernández que en diciembre obtuvo la legitimidad necesaria para presidir el Poder Ejecutivo de una república donde hay división de poderes. Que es mejor para nuestra democracia que haya más ciudadanos y menos soldados. Será también en vano recordarle que su gobierno tiene que ser sometido al juicio de la crítica y del voto.

Todo eso ya tiene sin cuidado a Fernández y a Kirchner porque se han convencido de que, en última instancia, no es la elección, el mandato de los ciudadanos y unas leyes lo que legitiman su gobierno. Su legitimidad viene directamente de una realidad cuasi sagrada. Son, en última instancia, la expresión de la causa nacional en este momento de la historia.

A este uso y abuso de la representación hemos llegado con el corto camino iniciado en 2001, cuando frente al Congreso gritamos que se vayan todos los representantes de los partidos políticos. Quedaron dos, convencidos de que sólo ellos, como los generales del 70, representan la Nación.