Suicidio y verdades

junio 24 /2010
Antonio Gutiérrez

Rosario de la Frontera

La serie de suicidios de jóvenes en la ciudad de Rosario de La Frontera continúa creciendo como un río de espanto, mientras los comités de crisis se reúnen y las conjeturas e hipótesis se multiplican. En casos como éstos, el discurso social y el discurso político siempre ponen los motivos afuera: en la droga, en los juegos de Internet, en supuestos instigadores, en el contagio, en la sugestión colectiva, en los pactos macabros, etc.

En una ciudad con escandalosas diferencias sociales donde un sector acomodado ostenta un alto poder adquisitivo y por otro crecen la marginalidad y la exclusión social.

Es decir, se coloca como causa aquello que no es más que un efecto o una consecuencia y se ocultan de este modo las causas verdaderas. Es la forma de evadir las responsabilidades y evitar el debate serio. De lo que se trata en realidad, y esto lo sabe todo el mundo, es que hoy muchos jóvenes no encuentran motivos para seguir viviendo, quizá porque sienten que no hay ya un sentido para vivir ni un futuro ni posibilidades de revertir un destino y que el porvenir que les espera no es el que querrían. No están dispuestos a aceptar la suerte que los otros les tienen preparada.

Lo que ocurre en Rosario de la Frontera tiene mucho que ver precisamente con esa imposibilidad de modificar el destino y construir un lugar, una pertenencia en lo social, una inscripción en el Otro. Y también con una falta de tolerancia a la frustración, con la dificultad para desarrollar un síntoma, es decir, canalizar el malestar y la desdicha por vía de un relato, de una queja dirigida a los otros, en definitiva, del lenguaje. Hoy no hay siquiera oportunidad de transformar la desdicha en un síntoma psíquico. Nadie escucha a nadie ni presta oídos al sufrimiento y al malestar ajeno. Queda pues el pasaje al acto, la descarga directa.

Pero la cuestión no se reduce a la ciudad termal, sino que también involucra a la ciudad de Salta, que ostenta desde hace años altísimas tasas de suicidios de adolescentes, al igual que las mayorías de las ciudades del noroeste argentino, aunque la catástrofe se oculte intencionalmente con la excusa de frenar las identificaciones histéricas entre los posibles suicidas.

En realidad una medida semejante sirve más para que la desresponsabilización se instale, que para evitar que las muertes se sucedan. Sólo que esta vez en Rosario de la Frontera la cosa salió a la luz.

En una ciudad con escandalosas diferencias sociales que conllevan la segregación, la discriminación, el racismo, donde un sector acomodado ostenta un alto poder adquisitivo y se conduce en costosísimos automóviles de lujo en forma obscena, mientras por otro lado crecen las dificultades, la marginalidad y la exclusión social, es lógico que ocurra este tipo de drama.

En otras épocas, cuando el hijo del obrero, del pobre, del empleado, constataba las diferencias sociales y no podía tener lo que deseaba, le quedaba al menos el camino de la movilidad social, la esperanza, la posibilidad de cambiar su suerte mediante el estudio, el trabajo, el esfuerzo, para así poseer un día aquello que de joven se le había negado, ya sea el bienestar económico, un lugar social, un reconocimiento, etc. Y aun cuando después de una vida de trabajo no lo lograra, quedaba todavía la ilusión de que sus hijos cumplieran sus sueños. Es la temática del teatro rioplatense, de la obra: “M´hijo el dotor”, de Florencio Sánchez. El inmigrante, que había venido con una mano atrás y otra adelante, que no había podido estudiar por tener que trabajar de sol a sol, veía después con orgullo cómo sus hijos realizaban aquellos deseos que él no había podido cumplir.

En cambio, hoy no hay movilidad social y la pobreza deviene en muchos casos en marginalidad, en exclusión, en pérdida de la pertenencia a lo simbólico. El estudio, el trabajo, ya no garantizan ni aseguran un futuro mejor ni una salida. Por el contrario, los jóvenes ven cómo aquellas personas que estudian, que trabajan y se esfuerzan, no logran en muchos casos revertir la adversidad y las dificultades económicas, mientras que los individuos más inescrupulosos, huecos y faranduleros son generalmente los mas más exitosos, admirados e idealizados. El neoliberalismo ha llevado al mundo no sólo a una formidable crisis económica, sino fundamentalmente a un cierto deterioro poblacional, a la pérdida progresiva de la abstracción humana, al descenso a niveles de salvajismo que se creían superados.

Por otra parte, en una sociedad donde se sobrevalora la belleza, el éxito, el consumo, la perfección, el hedonismo, la imagen corporal, los jóvenes están más expuestos que nunca a los sentimientos de frustración y fracaso, principalmente cuando provienen de los estamentos humildes de la población. Las inmensas diferencias sociales, la falta de una distribución más equitativa de la riqueza, la desigualdad de oportunidades, la ausencia de solidaridad, el individualismo, ocupan el centro de la escena. Lo que se produce por consiguiente es la rotura del tejido social, el aumento de la violencia, la decadencia más o menos generalizada. ¿Cómo pretender entonces que los jóvenes no se suiciden?

De lo que se trata entonces no es de juegos macabros por Internet, ni de instigadores sueltos, ni de contagio, ni de pactos macabros, ni de cuestiones sobrenaturales, sino lisa y llanamente de exclusión, de desinserción social, de imposibilidad de encontrar una inscripción en el Otro, un nombre, una pertenencia, un porvenir, un destino más propiamente humano.

La tragedia de los jóvenes no se soluciona entonces con comités de crisis, ni con expertos en el tema, ni prestigiosos profesionales en la materia, ni ejércitos de sociólogos y psicólogos, ni viajes de funcionarios con sus viáticos o graves ministros trasladándose raudamente al lugar de los hechos, sino con una reformulación de la Política y las funciones del Estado, con mayor inclusión, mayor responsabilidad de todos, mejor distribución de los ingresos, mejor educación pública, más solidaridad, más respeto por el otro, menos discriminación, menos racismo, menos exclusión, menos segregación social.

  • Antonio Guitiérrez, escritor
    Integrante de Carta Abierta Salta