Teocracia débil

julio 7 /2009
Andrés Gauffín

Conocidos los resultados electorales del 28 de junio en Salta, no debería sorprender a nadie que los próximos candidatos peronistas a cualquier cosa decidan disfrazarse de gauchos para hacer campaña, apelen a cada momento a la identidad salteña y a la lealtad, invoquen a Dios como su guía inmediato y propongan una milicia infantil desde los cuatro años.

Aunque muchas definiciones se han dado sobre la laicidad, es obvio que su construcción es una tarea pendiente de la sociedad salteña

Y quieran cerrar la campaña convocando a la procesión del Señor y la Virgen del Milagro el 15 de setiembre y a una posterior rifa de bicicletas, motos y auto cero kilómetro en la plaza 9 de Julio, no bien ingresen las imágenes a la catedral.

Una foto del candidato en la procesión con la multitud a sus espaldas podría incluirse en la volanteada anterior al domingo de las elecciones.

Vacíos de ideas y mensajes políticos, la clase política predominante en Salta se ha lanzado a la caza de los símbolos religiosos e identitarios para utilizarlos en su provecho, y lo hace cada vez con más descaro, como el gobernador Juan Manuel Urtubey o el diputado nacional electo Alfredo Olmedo, cuyo único referente es Dios.

Hay una primera consecuencia natural: en el horizonte mental de esta clase política sólo hay lugar para lo que los salteños “son”, no para lo que desean, ni mucho para lo que pretenden hacer. A los salteños, repiten en distintas versiones, les basta con ser leales a sí mismos y estar orgullosos de lo que son.

No debe sorprender entonces el paternalismo que exhuman las frases, las poses y las actitudes de esa clase política, que pretende convertirse en una especie de guardiana protectora de la identidad salteña, de “lo nuestro” que dicen defender.

No les basta, sin embargo, con usar y abusar de los símbolos durante las campañas. La misma estrategia debe ser utilizada una vez que ejercen sus mandatos, pues la legitimidad democrática de los votos no les parece suficiente.

Así, desde hace unos catorce años los gobernadores se creen obligados a revalidar su autoridad en la misma fuente de las tradiciones que ellos mismos instauraron o se ocupan de incrementar.

De este modo, el gobernador es elegido en las elecciones, pero solamente es investido de poder cuando el 7 de junio se reviste de gaucho en la cabalgata a la Cañada de la Horqueta y cuando unos meses más tarde asiste, piadoso, a la procesión del Señor y la Virgen del Milagro.

Pero no bastaron esos ritos al joven gobernador de hoy, quien si algún cambio persigue respecto de su antecesor Juan Carlos Romero, es el de mostrarse aún más católico y más tradicionalista.

No ha dudado, por tanto, en vestirse de gaucho y montar dos cuadras a caballo en el desfile del 17 de Junio pasado, con lo que hizo aún más pública y sacramental su “investidura”. Pocas dudas caben sobre lo que piensa o lo que pretende comunicar, cuando además no se ruboriza por decir que “conduce el destino” de la provincia, como en su momento Güemes.

Ningún otro gobernador, además, había alardeado tanto en sus discursos públicos de su devoción por los patronos salteños. “Me considero bendecido por el Señor y la Virgen del Milagro por tener la oportunidad de volcar mi vocación en lo que hago”, dijo hace poco tiempo en un lanzamiento de becas estudiantiles.

Poco falta entonces, o nada, para que un Olmedo, o un Urtubey, concluyan en su íntima conciencia de que si ejercen como diputado o gobernador es porque el mismo Dios lo ha dispuesto, no porque le hayan prestado sus votos unos ciudadanos a los que deben rendir cuenta de lo que han hecho.

Si como dice el Diccionario de Política de Bobbio, la teocracia es una ordenación política en la que el poder es ejercido en nombre de una autoridad divina, por hombres que se declaran representantes suyos en la tierra (o bendecidos, da lo mismo), salteños y salteñas, ¡bienvenidos a la teocracia débil!

No son, sin embargo, los no católicos salteños los únicos que deberían preocuparse por “el cambio”. El gaucho que no necesita un 17 de junio para ponerse un sombrero y unas alpargatas porque le hacen falta todos los días, el peregrino que camina noches y días para honrar a su Señor el 15 de setiembre, ¿acaso no podrían, con todo derecho, escandalizarse por la manipulación de sus símbolos por alguien que con ello sólo pretende ganar, conservar o acrecentar su poder?

Aunque muchas definiciones se han dado sobre la laicidad, es obvio que su construcción es una tarea pendiente de la sociedad salteña, si es que quiere mejorar la calidad de su democracia, objetivo que evidentemente está muy lejos de su clase política tradicional.

El politólogo libanés Georges Corm ha dicho al respecto. “La laicidad es una doctrina que protege al individuo de la dictadura del conformismo y de las presiones psicológicas que pueden ejercer sobre él los notables y dirigentes de su comunidad religiosa o étnica; es además una doctrina destinada a preservar la integridad de la religión y de los valores espirituales, resguardándolos de las manipulaciones de los políticos en la competición por el poder”.

Cuanto hace falta que esas ideas arraiguen y se extiendan alguna vez en Salta.