Territorio de espejos e historia de un origen

Dr. Carlos María Romero Sosa
febrero 25 /2014

Escritores Sergio Ramírez y José Lantigua

Será por virtud de la ley de las compensaciones que a un largo periodo de silencio postal verificado bajo mi puerta, le sucedió la llegada de dos inestimables correos, cada cual portador de un libro enviado por sendos amigos hispanoamericanos, los respectivos autores.

“Territorio de espejos”, libro del licenciado José Rafael Lantigua, el escritor mocano y activo Ministro de Cultura del país quisqueyano durante dos periodos de gobierno (2004-2012).

Así de la República Dominicana voló hasta mis manos el poemario “Territorio de espejos”, del licenciado José Rafael Lantigua, el escritor mocano y activo Ministro de Cultura del país quisqueyano durante dos periodos de gobierno (2004-2012). En tanto que cruzó el Plata desde la República Oriental del Uruguay: “Historia de un origen de ‘áhi’ en más”, reunión de cuentos de Eduardo Emilio Bonora y Pablo Troise remitida por este último, novelista, crítico literario, jurista y ex magistrado de la Suprema Corte de Justicia de su patria entre los años 2003 y 2006.

Reflejos y reflexiones poéticas

El primero de los envíos mencionados: “Territorio de espejos”, volumen de gran formato y cuidada edición, para delicia de bibliófilos, publicado en Santo Domingo a finales de 2013 (en cuya contratapa luce un artístico retrato de Lantigua tomado por el fotógrafo argentino radicado en París Daniel Mordzinsky), da cuenta de una consecuente actitud de apertura metafísica capaz de aventurarse en la “Espesura de claridades/ entre rumores que circundan la noche”. Ello al tiempo que muestra una cosmovisión intuida a través de las visiones recibidas por las lunas cóncavas, metafóricamente sincopadas y por los cristales retrovisores de los arquetípicos espejos invocados, como que gran parte del mensaje poético se referencia al plano de los objetos ideales y hasta en buena medida al metalenguaje y al lenguaje dialogante que “interponga mi nombre en el vacío de tu materia/ y una piedra escondida en tu transparencia”, lo que emparienta pasajes como el trascripto con el objetivismo, aunque se hallen ajenos al tono coloquial frecuentado, por ejemplo, por el norteamericano William Carlos Williams.

Sería simplificar y opacar el misterio subyacente en la obra, afirmar que sólo se apunta a describir una mecánica de devolución de estampas testimoniales, posicionadas, orientadas y convocadas por alegóricos fondos de azogue para multiplicar la realidad; para articularla con los trozos del agónico ser del poeta que a la vez se disemina y se recoge en las ciento una páginas del libro. Sucede que además, entre los versos libres con ritmo de salmo de “Territorio de espejos”, hay una reformulación del tiempo para dar perspectiva a la evocación y del espacio para proporcionarlo a la estatura del evocador. Y hay asimismo una síntesis vital y cósmica de ambas “intuiciones a priori”, por expresarlo en términos kantianos, la que antes que remitir al caos primordial parece enmendar la plana a los dioses con la puesta en marcha de un nuevo ordenamiento para estrenar el arraigo: “He caminado mañana/ entre ardides y tintas rojas”.

José Rafael Lantigua, en cuyo interior anida el impulso de ocupar su propio sitio en el mundo donde atender al cuidado ya en el acurrucamiento o ya en la expansión de sí, viene a decir no y de manera rotunda a la instantaneidad que reflejan esos convocados espejos del título. Y redimensiona entonces, entre las nostalgias del ayer y las apertura a los proyectos futuros, entre sueños y vigilias, resignaciones y afirmaciones, desdenes y anhelos: “Ojalá septiembre/ me contemple imponderable en la abundancia/ de mi abismo”, su propio “yo”; ese “yo” que en un secreto desdoblamiento bien puede corresponder a “otro”: al “Je est un autre” de Rimbaud expresado en la segunda de las llamadas Cartas del Vidente dirigida a Paul Demeny en 1871.

Símbolos y más símbolos perseguidos: “Salí a buscar un símbolo/ una diadema/ una perla/ y alcancé a ver la presencia de unas manos/ que parecían cocer sobre la piel sangrante/ el rostro húmedo/ el cuerpo vacilante/ la adúltera belleza del desamparo”, configuran y dan vuelo, profundidad, intensidad, intencionalidad a esta colección de poemas que antes que obedecer a un prefijado anhelo de unidad temática, están signados autobiográficamente: “Me faltó tiempo/ para asumir mi propio dolor”. Marcados por un designio de confortar con los confines del ensueño a la existencia. Existencia –propiamente la del autor- que a menudo se siente incapaz de ganarle en trascendencia al destello fugaz del “amanecer (que) estaba hueco; y que corre el riesgo de confundirse con los fantasmales “rostros de otros mundos que no nos pertenecen”, según el epígrafe del poeta dominicano Manuel Rueda que inaugura la obra junto al del premio Nóbel polaco Czestaw Milosz.

Lantigua sin desertar de la fantasía salvadora y esperanzadora, descorre aquí el velo del drama en su dimensión estética y en su conmoción espiritual. Sabe bien que, salvando la imaginación de Lewis Carroll, no hallará nada detrás del espejo, pero sí que él mismo en persona y vocación, en tanto testigo y actor de su destino y agente de su nostalgia redentora; que él mismo agobiado “con el crepúsculo en la espalda” y con cada vestigio de vida a recoger por la memoria –de la que puede interrogarse con Gelman si hay que romperla para que se vacíe- , está de cuerpo entero posicionado delante de su predestinada luna de azogue, retratándose con su “asueto de llamas débiles”. Son esas las llamas que al poeta le toca reavivar para que lo que fue aventura fugaz, descubrimiento, deslumbramiento adánico “una madrugada/ contra toda inocencia”, cobre sentido y proyección en la intemporalidad merecida del verbo propuesto en acto creador.

Imaginación y crónica

La colección de cuentos que suscriben el médico Eduardo Emilio Bonora y el abogado Pablo Troise, ambos por sobre todo y esencialmente escritores con una extensa e intensa obra publicada, remite en cambio a otro ambiente: menos autorreflexivo y más afín con la auscultación de un pasado entrañable, que se enfoca con la lente de la evocación y lo envuelve de ensueño y misterio. No campea aquí el temor y temblor metafísico o la nota lírica, aunque sí hay algún margen de romanticismo en los caracteres de las figuras convocadas; en verdad una galería de personajes bien delineados e incorporados a las páginas de la publicación en cuerpos y almas, debido a extremarse las posibilidades que brinda el género narrativo para quienes saben trabajarlo y darle esplendor.

Ciertamente se trata de un ramillete de narraciones que no han sido escritas a cuatro manos sino que en parecida proporción firmó cada uno de los autores mencionados, eso sí partiendo de una premisa compartida: homenajear a través de estos actos de imaginación o de imaginativa recreación de seres y cosas, a la oriental ciudad de Carmelo de donde son aquéllos orgullos hijos nacidos en 1930, Bonora, y 1936, Troise.

Para realizar tal ofrenda no se prestaron ellos a uniformar ni a disfrazar la conquistada personalidad literaria, el estilo y la perspectiva creadora particular, cosa que enriquece el libro con multiplicidad de enfoques y lenguajes. Uno y otro se proponen -y lo logran sin duda- exhumar y extender en emotiva continuidad de estirpes, mediante el documentado rastreo histórico y la intuitiva captación estética y hasta psicológica, sucesos incitadores de argumentos de ficción o no ficción que involucran sentimientos, esfuerzos, sacrificios y esperanzas de lejanos y hasta ahora anónimos pobladores de Carmelo.

Hay historias verificadas en distintas épocas y en un mismo escenario geográfico. Historias con fuerza de leyenda que datan desde el origen casi bicentenario de la población fundada en 1816 en las proximidades del arroyo de Las Vacas por el prócer de la Independencia y padre del federalismo en esta región de Sudamérica, general José Gervasio de Artigas: el Protector de los Pueblos Libres, el caudillo justiciero y visionario que “tres años antes que naciera Marx/ y ciento cincuenta antes que roñosos diputados la convirtieran en otro expediente demorado/ borroneó una reforma agraria que aún no ha conseguido el/ homenaje catastral”, como poetizó Mario Benedetti.

Sergio Ramírez y José Lantigua con el autor de la nota (clic para agrandar)

Hay costumbrismo en las descripciones reveladoras del modo de comportarse y actuar pueblerino de los protagonistas, muchos de ellos personajes verídicos con el dato de sus existencias retenido apenas en los folios amarillentos y borrosos del “Álbum del Centenario” de Carmelo, editado en 1916. La circunstancia del redescubrimiento y revitalización de esos seres ausentes y olvidados se hace posible a partir de estos cuentos que parecen crónicas o son crónicas con técnica y vuelo cuentístico. En todo caso historias que si anotician sobre prácticas sociales bien diferentes a las del siglo XXI, permiten al cabo de su lectura el milagro de la identificación, de la empatía con tantos episodios centrados en los rasgos de humanidad de tal o cual poblador de los que se han destacado sus inquietudes, dolores y empeños por lo demás comunes al resto de los mortales. Y todo en doscientas páginas dispuestas y ofrecidas como espejos, no como espejismos, para reconocernos ahora en una legión de corazones carmelitanos en ejercicio de “projimidad” en tanto y en cuanto su “proximidad” espiritual. Y si fuera el mérito preponderante de un libro del género narrativo, hermanar en ideales a los lectores con los seres vivos en el papel y la tinta, estaría más que cumplida su misión en este caso.

  • Carlos María Romero Sosa
    camaroso2002@yahoo.com.ar