Un libro revaloriza a un naturalista viajero

Dr. Carlos María Romero Sosa
junio 26 /2011

En la actual bibliografía sobre la historia de la ciencia argentina y latinoamericana, el libro “Los viajes en Bolivia de la Comisión Científica Médico-Quirúrgica Italiana” -publicado por la Fundación Nova en 2011, en Santa Cruz de la Sierra-, resulta en extremo novedoso y no sólo por los aportes documentales que contiene.

Una mirada comprensiva sobre Guido Bennati

En la tierra de Güemes, trabó Bennati relación con el enciclopédico Juan Martín Leguizamón mencionado éste sí por Ameghino entre los notorios estudiosos argentinos de la antropología.

Lo es además por la motivación que se advierte en la autora, Irina Podgorny -antropóloga, doctora en ciencias naturales, investigadora del CONICET y del Instituto Max Planck de Berlín-, de ocuparse con una mirada comprensiva, de Guido Bennati (Pisa, 1827-Buenos Aires, 1898), a extenderse sin duda a otros pioneros en la biología y las disciplinas del hombre, más allá de justipreciar los conocimientos técnicos de que disponían y comprender las posibilidades a veces escasas con que contaron.

Prima así el afán de rescatar para el conocimiento y el reconocimiento general, la actuación de una figura que si bien mereció el elogio de la médica y feminista Julieta Lanteri al cumplirse el centenario de su nacimiento, quizá fue considerado por algunos de sus contemporáneos como diletante en el campo de las ciencias del hombre; así cabe recordar por ejemplo que Florentino Ameghino, quien algo lo trató, no lo incluyó sin embargo entre los extranjeros que se ocuparon en el país de arqueología, al menos en la reedición hecha por la Editorial Claridad de “Doctrinas y descubrimientos”, una recopilación de escritos del sabio publicada en 1915.

En esta obra la autora, luego de una amplia aproximación a la personalidad del médico italiano Guido Bennati ofrecida como estudio preliminar, incorpora el informe del mismo suscripto junto a sus colegas de aventura José Manó y Vicente Logatto, referido a la flora, la fauna, la etnografía y la arqueología de las regiones del sudeste del país del altiplano, en particular la Chiquitania, en el Departamento de Santa Cruz, que recorrieron hacia 1875 y 1876.

Esos documentos originales exhumados por la doctora Podgorny que conforman la segunda parte del libro, contienen orientadoras notas de ésta a pie de página. Del capítulo inicial se han de destacar los antecedentes de aquella reseña dedicada al presidente boliviano general Hilarión Daza -el “soldado mandón” de ascendencia italiana bajo cuyo gobierno despótico tuvo inicio la Guerra del Pacífico que dejó sin mar a Bolivia-, lo cual lejos de menospreciar las inquietudes del viajero con suficiencia profesional, así como de medir con estándares actuales sus relatos que ciertamente enumeran un buen número de curiosidades dignas de valoración, entre ellas el interés y la reivindicación de las reducciones jesuíticas; y ello décadas antes de que su historia sirviera de inspiración para la novela “Arcadia perdida” (1901) del escocés Roberto Cunninghame Graham, y que Leopoldo Lugones diera a conocer, en 1904: “El Imperio Jesuítico”.

Tampoco se han desatendido aspectos pintorescos y casi costumbristas de sus itinerarios incorporándose al libro, por ejemplo, hasta un ripioso soneto, ejemplo de los varios poemas con que celebraban algunos pacientes de las clases adineradas de Cochabamba y otras ciudades bolivianas, la curación de sus males mediante los tratamientos en especial hidroterapéuticos prescriptos por el galeno.

Se desprende de los datos que aporta Podgorny que aquél, aun en pleno positivismo y sin acatar los modos del academicismo acartonado, era afecto a vivir y exponer la ciencia como un espectáculo, tanto en materia médica como en lo referente a la paleontología y la antropología que tanto le desvelaban. Prueba de ello fue la exhibición llevada a cabo en Buenos Aires en 1883, evento al que acudieron Estanislao S. Zeballos, el cirujano Ignacio Pirovano, Juan Bautista Ambrosetti y el propio Ameghino, que hasta compuso una lista de los objetos allí expuestos, entre ellos una momia de la tribu de los Potoreros de Bolivia, hecho del que dio cuenta el periódico “La Patria Argentina” de enero de ese año.

Irina Potgorny ha rectificado el año del fallecimiento de Bennati, hecho que hasta su investigación se tenía por ocurrido en 1886, conforme surge de la reseña del “Nuevo Diccionario Biográfico Argentino” de Vicente Osvaldo Cutolo, de la del “Diccionario Histórico Argentino” dirigido por Ricardo Piccirili, Francisco L. Romay y Leoncio Gianello y de la incluida en “La masonería argentina a través de sus hombres” de Alcibíades Lappas. Sin entusiasmarse con el personaje al grado de exagerar sus méritos, exceso en que suelen incurrir en general los biógrafos, no disimula la autora la simpatía que le despierta su innegable vocación por la prehistoria americana; esto sin impedir que el lector saque sus conclusiones sobre la posible debilidad de su formación autodidacta, sobre la heterodoxia de sus métodos –bien que a todas luces constituyó su periplo un auténtico y extenso trabajo de campo- y los resultados de sus observaciones, descripciones a veces minuciosas aunque en ocasiones sin suficiente rigor.

Médico o al menos habilitado para el ejercicio de la cirugía, Guido Bennati luego de desempeñar en forma itinerante el arte de curar en Francia y las ciudades de la Toscana y del Piamonte -antes de la unificación de Italia-, llegó a Buenos Aires procedente de Cádiz a fines de los años sesenta del mil ochocientos. Su espíritu viajero lo llevó pronto al Litoral, a la Región Andina, al Noroeste Argentino y a la República del Paraguay. Quizá su adscripción a la masonería y a los ideales de fraternidad universal -Alcibíades Lappas da la jornada del 14 de octubre de 1847 como fecha de su iniciación en la logia Joven Mendoza y resalta a renglón seguido el carácter de fundador de otras logias en Cuyo y Tucumán-, se haya compatibilizado en el plano ideológico con su nomadismo y su innata curiosidad intelectual, circunstancias todas que al ponerlo frente a los paisajes americanos y a sus habitantes, con sus costumbres ancestrales y sabidurías empíricas, lo convirtieron en asombrado observador; condición necesaria aunque no única para su pretensión de ser tenido por naturalista viajero, que hasta intentaba ajustar observaciones previas de Alcides D’Orbigny.

Aunque más humanitario y compasivo que propiamente dado a reivindicar las razas nativas o ser un crítico de la condición de explotación y miseria de las clases trabajadoras, como aquí lo fueron el médico, abogado e ingeniero catalán republicano Juan Bialet Massé y el geólogo y arqueólogo socialista alemán Germán Ave-Lallemant, Bennati fue capaz de emitir alguna exclamación en tal sentido: “Indios quichuas son los que fecundizan, con horribles penas aquel duro y ácido suelo. Y, la condición de esos indios es por cierto azar miserable” (página 247). Pero europeo al fin y al cabo cuando en el Viejo Continente el capitalismo se hallaba en auge y las materias primas eran requeridas por las metrópolis en el contexto de la División Internacional del Trabajo: “Cuándo querrá Dios sean explotadas tantas riquezas que la naturaleza ha derramado en este suelo” (página 205), tuvo aunque almibarados por cierta dosis de humanismo, similares prejuicios en cuanto a la presunta ociosidad de los aborígenes que las oligarquías empeñadas en hacer rendir al máximo a la mano de obra semiesclava: “No es que los indios hayan sacudido su habitual indolencia, no; los indios mansos del territorio boliviano que hemos visitado, sólo trabajan lo rigurosamente indispensable para cubrir sus cortísimas y hasta diremos insignificantes necesidades. Pasado de allí, el indio no cavará ni una pulgada de terreno, no hará un solo esfuerzo, no dará ni un solo golpe de espiocha o de azada, si no se emplean con él medios coercitivos del siglo en que vivimos, y que todo cristiano, que todo hombre honrado estuviera en derecho de vituperar y maldecir si llegaran a emplearse” (página 129).

Sin repudio alguno por aquellos “medios coercitivos” y más bien al contrario, se declaraba un vocero de la “gente decente” de Salta. Precisamente en una columna de “La Reforma” de 1879, en el mismo año en que Bennati daba a conocer allí sus comentarios sobre las excursiones por el lago Titicaca y sus islas. Ese periódico insistía en condenar “la vagancia que prolifera especialmente en la clase proletaria”, recomendando a la policía no cansarse en “perseguir a los vagos, elementos improductivos de la sociedad”. (Poco después -en 1889-, según informa Miguel Solá en su libro “La imprenta en Salta”, el diario se refundió durante la gobernación del doctor Martín Miguel Güemes en el oficialista “El Nacional” que adhería al partido dirigido por Miguel Juárez Celman).

Lo antedicho permite advertir que en la biografía del Comendador Bennati existen varios puntos de vinculación con Salta: como que viajó por esa provincia reuniendo piezas arqueológicas antes de pasar a Bolivia y con bastante antelación a que lo hiciera Ambrosetti, primero en 1895 –bajo el gobierno de Delfín Leguizamón- y al año siguiente en compañía del pintor de origen alemán radicado en Paraná, Federico Voltmer. En la tierra de Güemes, trabó Bennati relación con el enciclopédico Juan Martín Leguizamón mencionado éste sí por Ameghino entre los notorios estudiosos argentinos de la antropología. Y como lo rescata el apéndice final de la obra de Podgorny, publicó en el ya citado medio local “La Reforma” (fundado en 1875, que aparecía los miércoles y sábados, se editaba en la imprenta de “El Comercio” de Pedro Soliverez y contaba entre sus colaboradores al boliviano Pablo Subieta, uno de los primeros difusores del poema “Martín Fierro”, a Eliseo F. Outes, a Juan Martín Leguizamón y al latinista Pablo Policarpo Romero de la Corte, quien solía acompañar a Leguizamón en sus excavaciones arqueológicas), una serie de notas con la descripción del lago Titicaca, sus adyacencias geográficas y sus monumentos arqueológicos.

Sobre el punto específico del vínculo con Salta de este curioso personaje, considero del caso anotar que fue Carlos Gregorio Romero Sosa uno de los primeros, si no el primero, en historiarlo. Lo hizo en 1938 –cuando ya se carteaba con José Imbelloni, su profesor de antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y con el arqueólogo entrerriano Antonio Serrano- en el hoy agotado opúsculo “Guido Bennati. Un curioso de la arqueología”; y pocos meses después en la conferencia auspiciada por la Unión Salteña que pronunció en la sede del Museo Provincial de Fomento de Salta, bajo la dirección del científico dinamarqués Christian Nelson titulada: “Guido Bennati, un arqueólogo en el norte argentino”. Finalmente en 1939 dio a conocer en el número 4 del Boletín del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta: “Antiguos curiosos de la arqueología calchaquí-salteña”, donde anotó igualmente el paso del italiano por el actual Departamento de Molinos. Conozco además por referencias paternas que para redactar esos ensayos juveniles se valió de las tradiciones orales escuchadas a los historiadores Atilio Cornejo y Francisco Centeno así como de fuentes familiares que recordaban la visita de Bennati, alrededor de 1880, al museo privado del canónigo doctor Clodomiro Arce Romero instalado en la casa que compartía entonces con sus hermanos, Josefa y Pascual, en la calle Alberdi al 400, próxima a la histórica Iglesia de La Viña.

  • Carlos María Romero Sosa
    Abogado y escritor.