Una historiadora revisionista y rivadaviana

julio 26 /2013
Dr. Carlos María Romero Sosa

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Varias fueron las mujeres que estuvieron cerca de Eva Duarte de Perón durante su corta vida política, que concluyó con su muerte el 26 de julio de 1952. Aunque en rigor pocas documentaron ese vínculo, haya sido él permanente o transitorio. Cabe la enumeración al azar de Lilian Lagomarsino de Guardo, que la acompañó a su gira por Europa en 1947 y escribió luego de verse obligada a tomar distancia del justicialismo en el poder, el libro “Ahora…Hablo yo”.

Merece recordarse a Haydée Frizzi de Longoni como la severa investigadora y la original interpretadora del pasado a quien juzgó Norberto D´Atri –el autor de la obra “Del ochenta al noventa en la Argentina”- y no Arturo Jauretche como por error se menciona, “primera mujer historiadora revisionista de la República Argentina”.

De Vera Pichel, la escritora, periodista y militante política autora de “Evita íntima”. De la novelista y traductora Aurora Venturini, que ha relatado en numerosas entrevistas su colaboración, incluso de índole profesional como psicóloga, con la Fundación Eva Perón y su trato cotidiano con Evita durante su enfermedad final. Y también de Haydée Frizzi de Longoni, una amiga suya que bien conoció su personalidad e ideario al punto de publicar en 1983 el ensayo “El americanismo de Eva Perón”; en tanto que sobre la familiaridad que las unió testimonió en el año 2005 en el Instituto de Investigaciones Históricas Eva Perón, para el programa de Historia Oral de la institución.

Lo cierto es que cuando en los primeros días de enero de 2011 algunos periódicos de la Capital y del interior del país como iempo Argentino, El Litoral de Santa Fe y la agencia informativa oficial Télam, publicaron extensas notas sobre Haydée, fallecida en Buenos Aires once meses antes de cumplir cien años, más de un lector habrá descubierto su rica trayectoria vital e intelectual. En efecto, fue funcionaria de principal desempeño en actividades técnicas junto al ministro de Salud Pública Ramón Carrillo durante el primer gobierno peronista y luego, en 1975, presidió del Fondo Nacional de las Artes.

Fue docente superior y publicista sobre temas educativos y de política universitaria, materias en la que se interesó desde sus tiempos de estudiante, primero de arquitectura y después de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires -donde se doctoró en Historia con una tesis referente a “La obra social de Rivadavia”- y sobre las que en la madurez adquirió amplia perspectiva debido a sus experiencias reunidas como directora del Instituto de Investigaciones de Historia Económica Argentina de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA y decana de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Católica de La Plata.

Sin embargo prioritariamente merece recordarse a Haydée Frizzi de Longoni como la severa investigadora y la original interpretadora del pasado a quien juzgó Norberto D´Atri –el autor de la obra “Del ochenta al noventa en la Argentina”- y no Arturo Jauretche como por error se menciona, “primera mujer historiadora revisionista de la República Argentina”.

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Por fortuna no todo quedó archivado en las notas periodísticas referenciadas y aún en un aviso fúnebre que publicó La Nación participando de su muerte no bien ocurrió; medio gráfico que por lo demás ningún artículo necrológico habrá considerado del caso dispensarle. Así la Biblioteca Nacional rescató y dio a conocer en 2012, con prólogo de Mario Tesler e introducción de Lidia González, el estudio que le fuera solicitado en 1998 por el organismo que entonces dirigía Oscar Sbarra Mitre sobre la “Historia del predio de la Biblioteca Nacional”. Y así también en los primeros meses de 2013, con el sello editorial Dunken apareció el libro “Haydée Frizzi de Longoni historiadora revisionista y militante política”, de Mario Tesler, obra de cien páginas que consta de una completa síntesis biográfica, de un primer intento de la bibliografía ordenada en forma cronológica de los trabajos éditos e inéditos de la autora y se cierra con un apéndice documental que reúne algunas de sus ensayos y conferencias.

Un hecho a destacar en la primera parte de la obra es que el biógrafo ha rastreado las actividades de Haydée en ámbitos poco mencionados en la actualidad pese a su importancia en el pasado. Ello a excepción quizá del vigente Consejo de Mujeres fundado en 1903 y cuya sede funciona en un antiguo palacete de la familia Guerrico en la hoy calle Marcelo T. de Alvear 1155, frente a la plaza Libertad. Allí actuó largamente y en la Biblioteca del Consejo disertó -en septiembre de 1945- sobre “Rivadavia y la reforma religiosa”.

Pero asimismo pone de resalto su paso por el Ateneo de la Cátedra de Historia de la Medicina, asignatura creada bajo el decanato de José Arce siendo vicedecano Guillermo Bosch Arana y de la que fue profesor titular el doctor Juan Ramón Beltrán desde 1937 a 1947 cuando renunció para dictar Medicina Legal. En 1939 en uno de los ciclos del Ateneo, informó Haydée sobre “Los Obregones”, congregación que actuó al cuidado de los enfermos durante los siglos XVI a XVIII en España y Portugal. Dos años más tarde hizo lo propio sobre “Geografía Médica del viejo Mundo en el Siglo XVIII”. Hija y esposa de médicos no resulta extraño su particular interés por la historia de la ciencia médica, materia que enriqueció con varios trabajos más aparte de los citados como: “La herida de Dorrego en Nazareno”, publicado en 1977 en La Semana Médica.

Otra institución a la que se integró fue ADEA (Asociación de Escritores Argentinos), organizada en oposición a la SADE en la que Borges y otros escritores adscriptos tanto a la derecha liberal cuanto a la izquierda tradicional, eran sus figuras representativas. Allí tuvo oportunidad de actuar junto a nombres del pensamiento nacionalista y particularmente vinculados al naciente movimiento peronista como Arturo Cancela –su secretario general- y Manuel Gálvez, Carlos Obligado, Arturo Jauretche, Pilar de Lusarreta, Ramón Doll, Leopoldo Marechal, Carlos de Jovellanos y Pareyro, Rafael Jijena Sánchez, Carlos Abregú Virreira, Atilio García Mellid, Luis Tenti Rocamora y un juvenil José María Castiñeira de Dios; más allá de que institucionalmente la asociación –que premió su ensayo sobre “Rivadavia y la reforma económica argentina” que vio la luz en 1947 con una carta-prólogo de Juan Pablo Oliver- intentara desarrollar más una actividad gremial que partidista.

Constituye algo fundamental en el aporte historiográfico de Haydée Frizzi de Longoni, su visión amplia y en nada sectaria, más allá de su convencida adscripción al revisionismo y a los lineamientos del social-cristianismo donde abrevó en forma principal el justicialismo. De ese modo analizó sin ánimo detractor el pensamiento de Bernardino Rivadavia, figura en la que destacó algún atisbo de feminismo. “Él funda la sociedad de Beneficencia y les da a las mujeres categorías. Además las escuelas de chicas, de niñas, las pone en manos de mujeres. Él no ataca a las mujeres, es la primera vez que figuran”, sostuvo en un reportaje. Y en eso, en el sentido modernizador del primer presidente –en otro aspecto un regalista- y en sus concepciones sociales y económicas, no se hallaba demasiado lejos de las interpretaciones ya sea de carácter socialista de un Alfredo L. Palacios tan interesado en la enfiteusis como antecedente de una reforma agraria y de un Ángel M. Giménez, que estudió la reforma eclesiástica en el opúsculo “Un debate histórico. La reforma eclesiástica de Rivadavia. La monja Vicente Álvarez” (Buenos Aires, 1932), o las más conservadoras de un Ricardo Piccirilli. En ese sentido será de rastrear cómo recibieron sus amigos rosistas esas bien fundadas justificaciones de la acción gubernativa del “Más grande hombre civil de la tierra de los argentinos” propuesto así al altar cívico por Mitre; consideraciones no carentes de objeciones aunque elogiosas en especial de la referida reforma eclesiástica y más o menos contemporáneas a otras publicaciones que la cuestionaron como “La revolución de Mayo y la Iglesia” (1945) de Rómulo D. Carbia, “Opositores a la reforma de Rivadavia” (1950) del presbítero Francisco Avella y “Rivadavia y Medrano” (1952) de Américo A. Tonda.

¿Rivadavia se dirigió al dogma o a los hombres? Indudablemente hacia estos últimos. Los motivos que lo impulsaron y sus consecuencias no sólo religiosas sino sociales y políticas es lo que deseamos desglosar de la vida fecunda del notable estadista”, anotó ella en la Introducción de “Rivadavia y la reforma eclesiástica”, estudio premiado con medalla de oro en 1945 por la Sociedad de Historia Argentina que presidió el jurista Abel Cháneton, biógrafo de Dalmacio Vélez Sarsfield, y cuyo secretario era Sigfrido Radaelli.

Lo curioso o no tanto es que al propio tiempo fue una documentada investigadora de la vida y acción de Manuel Dorrego, el doctrinario federalista y mártir de la Organización Nacional: “Me interesaba mucho, quizá la época más controvertida, que era la de Rosas, me di cuenta de que para tener bien el tema anterior, tenía que estudiar lo anterior que era Dorrego”, comentó ya nonagenaria en aquella consulta oral del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Eva Perón. A continuación sintetizó así su mirada no sesgada del pasado argentino: “Rivadavia es un personaje que lo odian o lo aman…y yo creo que ha hecho cosas muy buenas y ha hecho cosas que, bueno…, no eran tan buenas. Pero es un hombre y lo malo de nuestros historiadores es que creen que los antepasados eran dioses; hasta los dioses de la mitología se han equivocado”. (Por lo demás en la lista de sus trabajos incorporada por Tesler se advierte que sólo dos se refieren a Rosas contra nueve dedicados a Dorrego y ocho referidos a Rivadavia. Todo un signo de sus simpatías; aparte de que revisar la historia representa -como ella bien lo entendía- una actitud de búsqueda y un punto de partida que no tiene porqué identificarse con nuevas devociones o con meras sustituciones de fervores más patrioteros que científicos, facciosos en el fondo.

Por lo demás no deja de ser destacable que una activa militante política como lo fue, capaz de organizar un multitudinario acto de mujeres para proclamar en 1945 la candidatura de Perón-Quijano, no haya intentar hacer “política de la historia” en terminología de Jauretche. El conocimiento y la consecuente comprensión sino la desapasionada absolución del pasado con sus contradicciones, sus marchas y contramarchas, sumado además al intento de lograr la humanización de los próceres en cambio de mistificar sus personalidades, fortaleció sin duda su clara instalación en un presente al que pretendió más justo y comprometido con el bienestar general.

Como concluye Mario Tesler, la doctora Haydée Frizzi de Longoni no fue una revolucionaria y ni siquiera adscribió nunca a los sectores más progresistas del peronismo. Sin embargo, en una conferencia pronunciada en 1948 para inaugurar la cátedra de Historia del Comercio y de la Industria, en la Facultad de Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas de la Universidad Nacional del Litoral (Rosario), dejó sentadas sus críticas al marxismo, aunque sin caer en la virulencia fascistoide o ultramontana de los acostumbrados y en general poco científicos anatemas lanzados por los representantes del nacionalismo clerical y reaccionario.

Para concluir, conocemos una anécdota suya que pinta de cuerpo entero su dignidad y su valor cívico. Nos fue revelada por el escritor Luis Ricardo Furlan que hasta el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 se desempeñaba en la dirección colegiada del Fondo Nacional de las Artes. El mismo día del golpe, Furlan, Frizzi de Longoni, a la sazón presidenta del Fondo, y otras autoridades fueron llevados a una dependencia de la Armada donde el vicealmirante César Augusto Guzzetti los increpó acusándolos de “peronistas corruptos”. Al oírlo Haydée reaccionó con dureza en defensa de su honestidad, más aún de su escrupulosidad en materia de fondos públicos, y de su sincero ideario justicialista cuando en la ocasión había sólo dos opciones: hacer frente y responder como ella lo hizo o bajar la cabeza y aceptar las injustas imputaciones proferidas por parte del inminente canciller de la dictadura. Evidentemente la estudiosa y la mujer digna y de firmes convicciones no estaban disociadas en la personalidad de Haydée Frizzi de Longoni: todo un ejemplo de laboriosidad al servicio de la cultura y de lucha por una sociedad más equitativa y solidaria. Acto de justicia histórica hace por lo mismo este libro de Mario Tesler que bien retrata su existencia.

-*Carlos María Romero Sosa
Abogado y escritor.
Su último libro es “Destiempo de tranvías (Proa, 2012)
Blog: poeta-entredossiglos.blogspot.com