Uno de los grandes médicos del Noroeste

Dr. Carlos María Romero Sosa
julio 21 /2009

En esta nota el columnista Carlos María Romero Sosa, se refiere al recientemente fallecido doctor Jobino Pedro Sierra Iglesias una figura destacada del Noroeste, quien se afincó en San Salvador de Jujuy hace varias décadas. Un recordatorio a un hombre que escribió obras notables sobre los grandes médicos del Norte Argentino, entre ellos Salvador Mazza.

Recuerdo para un médico rural fallecido

Sierra Iglesias diagnosticó enfermedades individuales, endemias y males sociales y salvó vidas condenadas por el subdesarrollo estructural.

El doctor Jobino Pedro Sierra Iglesias nació un 6 de septiembre, cuando esa fecha aún no tenía connotación negativa para la República, pero que al coincidir con su aniversario sin duda por la ley de las compensaciones, debiera quedar en mucho reivindicada y hasta inscripta en las efemérides de la ciencia médica argentina y de la historiografía científica del país.

Sí, nació o lo nacieron un 6 de septiembre de 1923 en Colonia Barón, en el entonces Territorio Nacional de La Pampa. Su infancia trascurrió bajo la administración progresista del dirigente radical Jorge Moore, varias veces Intendente Municipal de Bahía Blanca y designado en el cargo de Gobernador del Territorio, por el presidente Marcelo T. de Alvear -con acuerdo del Senado de la Nación- en octubre de ese año.

Y será del caso recordar asimismo que Sierra Iglesias llegó a la vida apenas cincuenta y cuatro días después que René Favaloro, quien haría con el tiempo sus primeras armas médicas en la pampeana localidad de Jacinto Arauz a unos doscientos kilómetros de Colonia Barón. Coincidencia de fechas y de lugares que daban para pensar a don Jobino, por cierto tan orgulloso de haber sido médico rural como lo estuvo, invariablemente, el nombrado Maestro de la cardiocirugía.

“Siempre he sido y sigo siendo un médico rural que a vivido a pleno su vida profesional, que piensa que gran parte del potencial científico de la medicina está en la escondida fortaleza de los médicos del interior”, escribió Sierra Iglesias al comienzo de su libro de quinientas treinta páginas “Salvador Mazza redescubridor de la enfermedad de Chagas” publicado por la Universidad Nacional de Jujuy en 1990. Es que tener alma de médico es un don tan exclusivo como poseerla de poeta; y además un desafío de vida parecido y nada fácil de llevar a buen término. Sólo que cuando se malogra un poeta quedan versos por decir, lo que no es poco, y cuando ocurre lo propio con un médico filántropo son seres humanos los que sobreviven o mueren huérfanos de atención y de consuelo físico y espiritual.

El doctor Sierra Iglesias cumplió con creces con su vocación de curar para bien de sus pueblos adoptivos, las comunidades jujeñas -a merced de las políticas impuestas por los “trust” azucareros- de Calilegua, San Pedro y La Esperanza, o de sus antiguos pacientes del Hospital Guillermo C. Paterson.

Allí fue médico de guardia, jefe de sala, jefe de servicio, jefe de departamento y llegó a ocupar la dirección, nunca en función burocrática de empapelador del sufrimiento ajeno sino en abnegado ejercicio profesional, capaz de suplir la falta de personal con sobrecarga de trabajo sobre sus hombros, las carencias de instrumental con ingenio, los problemas de infraestructura arremangándose el guardapolvo y los recortes de presupuesto acudiendo en ocasiones a su bolsillo para cubrir necesidades perentorias.

Experimentó en fin, en carne propia, que la medicina puede ser a veces, “la carrera más ingrata de todas las concebidas por el hombre”, según me lo manifestó en una carta el doctor Esteban Luciano Maradona, aquel heroico “Médico de la Selva”, título que presentaban impresos los sobres de su correspondencia postal.

Sierra Iglesias no sólo diagnosticó enfermedades individuales, endemias y males sociales y salvó vidas condenadas por el subdesarrollo estructural, existencias sumergidas en “La miseria de un país rico” que denunciara en 1927 un libro, silenciado por las oligarquías, de Benjamín Villafañe (1877-1952), ex Gobernador de Jujuy y Senador Nacional por la Provincia hasta 1943, sino que enseñó a hacerlo a sus discípulos al mismo tiempo que con ahínco aprendía más ciencia y recibía lecciones de humanidad concreta, más que abstracta deontología profesional, de sus maestros en el afecto y la devoción sobre los que escribió estudios imprescindibles en la bibliografía histórica de su disciplina.

Así, “Vida y obra del doctor Guillermo Cleland Paterson, o “Carlos Alberto Alvarado, su contribución a la Medicina Sanitaria Argentina”, o “Salvador Mazza, la MEPRA de Jujuy y los médicos mendocinos”. Ello sin olvidar sus aportes a la historia de la epidemiología, que desarrolló en su quinta tesis doctoral presentada y aprobada “Cum Laude” por la Escuela de Postgrado de la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador y que versa sobre el Cólera en los años 1886-87 y su incidencia en las provincias de Salta y Jujuy.

No lo conocí en persona, aunque allá por los setenta de la pasada centuria estuvo varias veces en la casa paterna, en la ciudad de Buenos Aires, para recabar datos sobre Salvador Mazza que volcaría pronto en su biografía. Pasaron los años y en el verano de 2005, precisamente cuando me disponía a redactar un trabajo sobre la correspondencia intercambiada a partir de 1942 entre el patólogo fallecido en Monterrey (México) y Carlos Gregorio Romero Sosa, llamé por teléfono al doctor Sierra Iglesias a Jujuy.

Me bastó entonces con escuchar su caluroso saludo inicial para reconocer en esa voz de tonalidad norteña, que daba cuenta de sus décadas de residencia en las tierras que misionó San Francisco Solano, al hombre dueño de un superior espíritu, al sabio ajeno a la pose olímpica, al amigable cómplice de los estudiosos dispuesto a colaborar con ellos sin guardarse datos ni callar intuiciones que pudieran orientarlos.

Entre otras cosas me comentó casi en chiste que presentaba tesis doctorales en diferentes universidades argentinas porque no era afecto a perder el tiempo y porque al estar jubilado podía dedicarse por completo a la investigación. De su generosidad hasta pintoresca hablaba su confesión avergonzada de no tener libros suyos para obsequiar a los amigos, es que al salir ellos de las imprentas no reservaba para sí más que uno o dos ejemplares que al cabo también se le traspapelaban en la biblioteca.

Ante la confidencia y para obtener su volumen sobre Mazza, recurrí a los buenos oficios de Gregorio Caro Figueroa que a poco me lo remitió. Lo leí, aprendí mucho en sus capítulos y por supuesto lo cité en mi ensayo publicado en la revista cultural salteña “Claves”.

Vencido ese escollo bibliográfico y mantenida alguna otra comunicación telefónica con el autor no supe nada más de él hasta la semana pasada, cuando me informé en “Norte del Bermejo” sobre su deceso en San Salvador de Jujuy a los ochenta y cinco años de edad.

Frente a la noticia tuve la sensación de que dejé pendiente una deuda conmigo mismo, incobrable ya. El pasivo de no haber continuado el diálogo con el doctor Jobino Pedro Sierra Iglesias, aunque fuera por teléfono y a onerosa larga distancia.

Buenos Aires, julio de 2009

  • Carlos María Romero Sosa es abogado, periodista y escritor. Reside en Buenos Aires.