Viento de cola...

enero 4 /2011
Antonio Gutiérrez

En el 2010 la economía argentina anduvo bastante bien. A esto lo dicen no sólo los kirchneristas, sino también los propios agricultores y los industriales y lo comienzan a decir inclusive los medios opositores al gobierno nacional. Además, dado que no pueden mentir tanto porque ya nadie les creería, agregan que en el 2011 les irá aun mejor.
Es que las evidencias abundan y están a la vista; la prosperidad y el bienestar de algunos sectores privilegiados es tal, que no es algo que pueda pasar fácilmente inadvertido para las miradas atentas.

Los neoliberales piden el achicamiento del Estado, pero cuando hay debacle financiera, exigen al Estado que los auxilie y les resuelve el entuerto.

Pero esos mismos que hoy comienzan a reconocer que les va bien, son los que no reconocen, respecto de su bonanza, mérito alguno al gobierno, sino que atribuyen su época de vacas gordas y de manteca al techo al clima, a la naturaleza, a las bondades del campo argentino, a la fertilidad de la tierra y a lo que ellos llaman “viento de cola”. Resulta que el país crece no gracias a las actuales políticas del gobierno, sino a pesar del gobierno.

Es verdad que vivimos un tiempo, en el mundo, relativamente favorable a la Argentina y a los países latinoamericanos, pero habría que recordarles a los pregoneros del mentado viento de cola, que la Argentina pasó por otros períodos de condiciones internacionales similares, muy favorables para su economía y que no por eso los aprovechó ni aumentó sus reservas del Banco Central ni pagó parte de su deuda externa ni generó un enriquecimiento de los sectores productivos ni tuvo récord de exportaciones ni nada de nada.

La necedad hace que, ante los actuales signos favorables de la economía, no se le reconozca al gobierno participación alguna, sino que por el contrario se le acuse de trabar las oportunidades y de impedir un mayor desarrollo.

Algunos necios aceptan que la economía crece pero argumentan de mala fe, en su cruzada antikirchnerista, que continúa habiendo marginalidad y pobreza, como si la resolución de esos flagelos fuera una responsabilidad exclusiva no de los que ganan mucho, y viven una época de bonanza, sino del gobierno nacional.

Los sojeros, los grupos de la economía concentrada, ganan hoy fortunas, se enriquecen como nunca, pero a la hora de la distribución se lavan olímpicamente las manos, pretenden que no se les toque un peso y que a la marginalidad y a la pobreza las resuelva unilateralmente el Estado, por arte de magia.

Ellos embolsan, que el gobierno se las arregle como pueda con los pobres y resuelva la cuestión. El eterno problema nacional es que los que más tienen nunca quisieron distribuir ni una pequeña parte de sus ingresos. Pasó en el Centenario de la República, el país “granero del mundo”, cuya clase adinerada construía palacios y mansiones afrancesadas y viajaba a Europa con un séquito de sirvientes y vacas lecheras mientras la Argentina profunda, los criollos, los gauchos, el peón rural, el inmigrante, el obrero, se debatían en medio de la carencia, el atraso y la pobreza.

El integrante del espacio Carta Abierta de Salta y candidato a concejal por el Encuentro Popular, Ricardo Fornes, días pasados decía en un discurso que los ricos en la Argentina son 20 veces más ricos que los ricos de Inglaterra y que los pobres son 20 veces más pobres. Si hoy a algún gobernante en la Argentina se le ocurriera distribuir las ganancias como se distribuyen en cualquier país europeo, ese gobernante sería inmediatamente acusado, por los ricos, de ser un comunista más radicalizado que Fidel Castro y que el mismísimo Lenín.

A los que creen que la marginalidad y la pobreza son responsabilidad exclusiva del actual gobierno nacional, cabría recordarles que la marginalidad y la exclusión social no son sólo económicas sino fundamentalmente culturales y educativas y que el modelo neoliberal, que ellos defienden, fue el que creó desde hace ya varias décadas, y específicamente a partir del golpe de estado de 1976, las condiciones estructurales propicias para que el deterioro y la caída de los niveles de vida en vastos sectores de la población se produjera.

Muchos de los males de los que se queja la llamada oposición, y que trata de enrostrar a la gestión kirchnerista, son en realidad consustanciales con las lógicas neoliberales y la consecuencia de la implementación de aquellas mismas políticas que ahora esa “oposición” vuelve, paradójicamente, a reclamar para la Argentina.

Lo que en realidad existe es una confrontación de modelos, un modelo neoliberal que concibe un mundo para unos pocos, con pésima distribución de la riqueza y la presencia de fuerzas represivas para tener a raya a todo aquel que ose reclamar una inserción y un lugar en los ordenamientos actuales y, por otro lado, un modelo (el del actual gobierno) que intenta restituir, aunque sea en parte, las funciones de Estado y de la Política para no ser un mero gerente de los negociados y de las especulaciones financieras.

“Viento de cola” es la nueva frase, tomada del léxico aeronáutico, consustancial con la ideología neoliberal que cree que es el mercado el nuevo dios capaz de regular por sí solo la economía y poner cada cosa en su justo sitio sin necesidad de la intervención de las acciones políticas, ideología acuñada por quienes piensan que los logros y avances actuales en el país dependen sólo de las contingencias internacionales y de las bondades del clima y no de las políticas de Estado.

Es curioso observar, por ejemplo, cómo los diarios opositores al gobierno, mienten y hablan pestes de la actual gestión en sus páginas de información política, mientras que en las secciones o suplementos de economía, donde no pueden mentir demasiado, se ven obligados a decir generalmente la verdad; que los índices de la economía crecen, que las exportaciones suben, que la actividad fabril aumenta, que la venta de automóviles bate record, que la producción agrícola alcanza niveles históricos, que millones de turistas agotan las capacidades hoteleras, etc.

Es que los neoliberales creen que cuando las cosas salen bien ello es resultado del libre ejercicio del mercado y de las condiciones económicas internacionales y que cuando salen mal es culpabilidad exclusiva del gobierno, del mismo modo que quieren que cuando hay ganancias éstas vayan integramente a las manos de los grupos de la economía concentrada y cuando hay pérdidas las mismas sean cargadas a la cuenta del Estado y por consiguiente las paguemos todos los habitantes de la República. Piden el achicamiento del Estado, pero cuando hay debacle financiera, exigen al Estado que los auxilie y les resuelve el entuerto. Pasó con la reciente crisis financiera en los Estados Unidos. En síntesis, algunos opositores y detractores pretenden que el gobierno nacional se culpabilice unilateralmente por los problemas de exclusión y de desinserción social que la misma ideología neoliberal a las que ellos fervientemente adhieren, ha provocado y continúa provocando.

  • Antonio Gutiérrez
    Escritor y psicoanalista